Estaba mirando mis manos,
jugando con las puntas
de los dedos y mis labios,
de mis dientes y mi pensamiento.
Cuando me di cuenta
de que ya no eran manos infantiles:
los típicos hoyos me eran ausentes.
Esos huecos inocentes,
profundos y despistados,
que se acentúan con los años
en marcas nítidas de hueso y madurez.
Ahora recuerdo cuánto los detestaba,
porque vuelve el sentimiento
con forma de añoro.
Y, que al igual que con esto,
pasa con todo.
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