sábado, 9 de noviembre de 2013

Amo el verde y amo el olor a quemado.

Inhalo y,
 por mi cuerpo se adentra una fragancia oscura,
tan fuerte y tan suave, que es una caricia,
es mi pelo que atrapa ese olor
que disfruto al agarrar un mechón,
y colocarlo en la punta de mi nariz,
torciendo los ojos para observar,
curvando la boca hacia el cielo,
y en mi rostro se apreciará una mueca infantil.
Mi respiración se acelera,
símbolo del placer que me produce,
no quiero que se escape,
no quiero nunca más recordarlo.

Huele como a quemado,
una síntesis entre la naturaleza permanente
y la llegada del otoño,
y rápidamente puedo imaginarme
caminando entre troncos de árboles, achicharrados,
pisando y hundiendo mis huellas en el barro,
y esquivando las cenizas que flotan en el aire.

También imagino una chimenea,
yo frente a ella con un jersey de lana,
calentando mis manos rodeándolas
en una taza de chocolate caliente, conversando,
o simplemente callada..
como la madera que arde entre llamas.
Un objeto tan áspero y tan bonito,
y ese color familiar que dilata mis pupilas,
que te aguarda y te acomoda
en tu sillón inexistente que siempre te acompaña.

Es ese aroma que asienta tu mente,
que despierta los sentidos,
y te acompaña hasta el éxtasis.


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