viernes, 1 de noviembre de 2013

Eres tú, mi madre.

Una, dos, tres, cuatro manos
que se unen lentamente,
calientes, suaves, familiares.
Y la sangre que pasa
es identidad de que soy tuya,
y tú mía.

Esos ojos marrones,
y ese reflejo que avisto,
de alguien feliz,
una niña pequeña, mediana y mayor.
Esa sonrisa tierna,
que me alegra una eternidad,
o una noche, o una hora.
Es tu boca,
fina, delicada, bien cuidada,
la que hace maravillas
con palabras, con sonidos,
con un simple chasquido,
de esos dedos delgados,
que me arropan cuando tirito,
que me callan cuando no callo.

Es tu carácter, rubia,
el que me enloquece,
para bien, para mal,
a veces te amo y otras no tanto,
pero hay algo ahí abajo,
en ese interior que tú has creado,
que asegura mi corazón
más que cualquier compañía.

Te quiero, te espero, te desespero,
te enfadas, me abrazas, me exasperas,
te alzo un grito, que tú consuelas,
estás ahí, cuando más duele,
cuando menos se llora,
cuando toca.
En todo momento,
y es que no has fallado,
y si fuese así,
mi mente no lo recuerda
y yo no te lo tendría en cuenta
porque con tu cariño me has criado.

Si algo te describiese,
sería ser madre,
porque no te gana nadie,
dos frutos que han nacido
que  han conocido la vida,
a veces perra,
y otras pocas agradecida,
pero es que contigo,
con las figuras que tenemos a seguir,
esto a sido más fácil,
o mejor dicho,
más feliz.
Porque no hay camino sin sendero,
y no hay familia sin vosotros.

Inteligente e inteligible,
preciosas vistas que regalas,
increíbles, tus manías,
de querernos cada día.
Mi mujer, eres tú, la única,
mía eternamente.
Y es de lo que más estoy segura.










No hay comentarios:

Publicar un comentario