viernes, 1 de noviembre de 2013

El día de tus muertos.

Empiezo a hablar de usted, señor,
como si conociese sus gustos,
como si supiera si sus pestañas
eran más largas o más cortas,
como si hubiese escuchado su voz.

Como si algún día me hubiera sentado
frente a usted para escuchar
historias hasta dormir.
Como si hubiésemos contado
estrellas juntos.

Como si hubiese podido abrazarle,
como si algún día
me hubieses echado de menos,
tanto como te echo yo a ti.
Tendría conversación  para toda la noche
si tratara de usted.

Y llega ese día,
en el que me reencuentro contigo,
y todas esas noches
que he pasado sola, añorándote,
se alivian, porque te miro,
pero tú no puedes verme,
y te pongo flores,
e intento que tu estancia sea
lo más honrada posible.

Aunque dudo
de si lo hago bien, a tu gusto,
porque no sé si hubiese estado a la altura,
si hubiese sido para ti
ese delicioso bocado
que todos guardamos para el final.

Espero que no le importe que le tutee,
es que no puedo evitarlo,
te siento tan cerca de mi,
y tú me tienes lejos,
ojalá pudieses coger mi mano,
para poder sentir la suavidad
de una piel joven,
la que tú tenías cuando te fuiste.

Que hoy, mañana, y cada día,
te querría para mi.
Que por estas cosas me es
muy difícil creer,
no creo que tu pérdida fuese necesaria.
Pero te prometo, abuelo,
que si algún día consigo
todo lo que tú alcanzaste,
consigo formar una vida así, como tú,
intentaré que mis nietos me recuerden
como has conseguido que lo hagamos
nosotros contigo,
porque es tan perfecta tu presencia,
que puedo hacer este poema
sin haberte conocido.
Nadie dijo que no pudiera,
nadie pensó tampoco que lo hiciera.

Lo único que me consuela
es que estas palabras quedarán atrás
cuando yo esté
donde te encuentras tú ahora mismo,
contigo.
Mientras, hablaré de ti,
toda la noche, toda la mañana,
en mis pensamientos,
porque la maravilla que me supones
no sería capaz de imaginársela nadie.

No hay comentarios:

Publicar un comentario